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Dependencia emocional: La Jaula invisible

Seguramente todos conocemos a alguien que, al conseguir pareja, haya desaparecido de nuestros planes de ocio.

Alguien que haya dejado de salir con nosotros, haya dejado de llamarnos o ya no le veamos tan a menudo.

Esto es algo normal en la sociedad de hoy en día, pero no siempre es sano. Y es que puede ser consecuencia de un trastorno llamado dependencia emocional.

La dependencia emocional es un trastorno psicológico muy extendido hoy en día, pero muchas veces no reconocido, ni si quiera por la persona que lo sufre.

Y no solo se da en el ámbito de la pareja, sino también en el ámbito familiar e incluso en el ámbito de la amistad.

Pero, ¿cómo podemos reconocerlo y saber si, realmente se trata de dependencia o simplemente de las primeras fases de una relación, donde todo es precioso y perfecto y nuestra pareja es la mejor persona del mundo y con la que más tiempo queremos pasar?

Cuando una relación no es sana, cuando nuestro estado de ánimo, nuestros planes, pensamientos y forma de actuar dependen de otra persona.

Podemos hablar de dependencia.

Esa persona termina siendo como un soporte vital, del que parece que, si nos desenchufan, nos moriremos.

Cuando no somos capaces de tomar una decisión, hacer nuestra propia vida sin ella. Nuestros planes o pensamientos sin que esa persona esté presente estamos entrando en un terreno peligroso.

Nuestra autoestima se verá afectada, sintiéndonos inferiores, sin ganas, sin valía ni solución.

Pensaremos que la otra persona es la solución a todos nuestros males, que es como un Dios al que rendirle cuentas y tener fe en él, algo en lo que agarrarnos fielmente en todas las situaciones.

No podremos avanzar sin él, no tendremos fuerza para ello. No podremos dar ni un paso sin esa persona y el simple pensamiento de desengancharnos es una tortura y un sufrimiento al que no somos capaces de enfrentarnos.

El simple pensamiento de soledad es intolerable y no somos capaces de enfrentarnos a él, así que seguimos aferrados a una persona que, a pesar de que no muestre demasiado interés por nosotros, es nuestro estilo de vida, aunque eso nos deteriore en todos los aspectos, física, social y mentalmente.

Todo esto además será un esfuerzo enorme, un esfuerzo en el que nuestro deber siempre será ser perfecto, agradar a la otra persona, aunque eso nos cueste sacrificios y hacer cosas que realmente no nos gustan.

Anteponiendo esa persona a todas las demás, incluso nuestra familia, sintiendo una necesidad imperiosa de mantener el contacto con esa persona absolutamente todo el rato.

Y si esto no ocurre así aparece la culpa, el desprecio por uno mismo, la ansiedad y la depresión.

Es agotador. Es un trastorno que te apaga, que te va matando lentamente y que finalmente acaba terminando contigo, con tu personalidad, tu forma de ser, con la persona que eras.

El verdadero problema de todo esto es que, si estas leyendo esto, seguramente te venga alguien a la cabeza que lo padece o puede padecerlo.

  • Es un trastorno extendido y lo que es peor, en muchos casos permitido.

  • Además es un trastorno normalizado que muchas veces no se le da importancia o se culpa a la parte dependiente.

  • Este trastorno silencioso en el que uno se va metiendo poco a poco y luego es realmente complicado salir de él. Y, a pesar de que hay personas con un rasgo de personalidad propenso a la dependencia, es realmente necesario darnos cuenta de que en una situación así, lo mejor es ponerse en manos de profesionales.

Si conoces a alguien con este problema, o si te sientes identificado con este artículo, no lo dudes. Busca ayuda, puedes conseguirlo, se puede salir y recuperar tu calidad de vida. Pero no dejes que te apaguen.

Al final, vida solo hay una y es mejor vivir la nuestra que vivirla a través de otra persona.

Por María Campos, graduada en psicología clínica